El liderazgo de una mujer restaurantera
Soy una yucateca soñadora; el corazón, es el que me orienta y anima a hacer cosas nuevas que me emocionan y dan energía cada día. Siempre en busca de crecer y dar lo mejor, por eso cuando algo me apasiona soy perfeccionista y dedicada, aunque últimamente me he vuelto más ligera; encuentro en lo imperfecto… algo perfecto. Conoce a Geraldine.





¿Cómo nace tu pasión por la cocina?
De niña mi juego favorito era preparar panes y comida en un hornito de Barbie. Sin embargo, nunca dije «Voy a tener un restaurante». La vida poco a poco me fue llevando a lo que siempre disfruté desde chica. Hay sabores y aromas que han marcado mi vida; lo que me emociona de cocinar es recrear algo tan bonito, volver a vivirlo y mantener viva una tradición familiar. Una foto puede evocar recuerdos, pero cuando los sentidos se involucran, la experiencia se vuelve más profunda, más viva.
¿Qué te motivó a desarrollar el proyecto gastronómico que es Rhuban?
Me motivó la gente, me decían: «¡Deberías hacer un libro con tus recetas!». Me animé y, a menos de un año de publicarlo, ya me pedían otro, así que decidí innovar y dar el salto del papel a lo digital con la App. Varias personas me animaban a vender comida o abrir un restaurante, pero no me sentía lista hasta que, en un mismo mes, recibí dos ofertas para un local. Me enamoré de uno de ellos al instante, mi corazón lo supo y no dejé pasar esa oportunidad. La casa que renté para la primera sede de Rhuban me transportó a mi niñez.
El primer Rhuban no fue fácil, sacó lo mejor de mí y de todo mi equipo, creo que fue la prueba y lo que me dió confianza para el siguiente paso: construir mi propio lugar. La buena vibra me hizo decir: «¡Sí puedo!». Así como tuve que dejar la perfección para lograr hacer mi libro, así fue también para el restaurante.
Sabemos que comenzaste con tu libro: «Recetas imperfectas: Un legado de sabores». ¿Qué te motivó a hacerlo y cómo fue el proceso?
Tenía todo desordenado, recetas en servilletas, en papelitos, y quería tener orden. Como era demasiado perfeccionista siempre empezaba el libro y no me gustaba. Una mañana pensé «Me gustaría que mis hijas y mi familia tengan las recetas que tanto les gustan si un día ya no estoy». Así que le hablé a Elenita de la Peña, que acaba de publicar su libro «El canto del ave», y ella me dijo «Busca a Addy Góngora, ella es editora y consultora creativa, te va a ayudar». Le hablé y ahí comenzó todo, fueron meses con mucha disciplina para lograr el libro em menos de un año.
¿Qué fue lo más difícil de emprender y construir Rhuban desde cero?
Rhuban me sacó completamente de mi zona de confort, lo más difícil ha sido estar fuera de casa durante tantas horas y encontrar un equilibrio entre mi trabajo, mi familia y las otras actividades que amo. He tenido que aprender sobre administración y todo lo que conlleva el manejo de un restaurante. Hay que resolver problemas, porque pase lo que pase, la fiesta continúa. También ha sido muy desafiante el financiamiento, abrimos el restaurante de un día para otro, con trabajos de carpintería sin terminar, sin un slow opening ni pruebas previas porque necesitábamos generar ingresos inmediatamente. Esta experiencia me ha enseñado a confiar en mí y en mi equipo, a aceptar mis imperfecciones y a valorar profundamente el esfuerzo de cada persona que me acompaña en este camino.

¿Qué quieres para la gente que llega a Rhuban?
Un buen momento de unión compartiendo momentos que luego sean un gran recuerdo. No podemos regresar el tiempo, pero con los sabores y aromas de la comida podemos recordarlos.
Me emociona crecer junto con mi equipo. Mi gente me ha fortalecido, son mi ejemplo, porque no importa lo que pase, están a mi lado, dando lo mejor. Yo quiero estar con ellos haciendo lo mismo. Toda esa entrega llega a la mesa y la gente se la lleva.
Rhuban significa lazo, es la unión del equipo que desde atrás trabaja para dar un buen servicio; es la unión de los comensales en las mesas; es cada recuerdo creado, tanto de gente que vive acá como gente que no vive en Mérida. Es bonito pensar que hay gente que, cuando se va de Rhuban, se lo lleva en el corazón.
